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Algo que nos una: Felipe Arrieta

   Si los colombianos comprendiéramos realmente el poder que tienen las palabras, seguramente seríamos mucho más responsables a la hora de escribirlas o de pronunciarlas. Usar palabras que incitan a la violencia no es sino otra forma, más sutil pero igual de peligrosa, de ser violentos. A eso se está reduciendo el debate político nacional: a quién grita más duro, a quién es capaz de ser más vulgar e hiriente en 140 caracteres, a quién dispara mejor sus insultos contra sus adversarios.
   “Fachos”, “mamertos”, “uribestias”, “narcosantistas”, “asesinos”, “paracos” -gritan-. Y sí, lo tienen que gritar, porque precisamente de eso se trata: de que la idea se imponga a punta de alaridos, que gane quien ruja más duro, no quien tenga la razón. La auténtica ley de la selva.
   Esta columna no pretende buscar culpables, es más bien un mea culpa y un acto de contrición. Lo que si buscan estas palabras es que aprendamos a reconocer como un igual a quien piensa y dice diferente; busca que aún en los debates más álgidos, aquellos que tocan las fibras más profundas, exista un lugar para la tolerancia; esta columna busca, en últimas, poder alcanzar eso de lo que se ha hablado tanto (y se ha practicado poco) en los últimos tiempos: la paz. Pero no la paz de Santos, ni la de Uribe, ni la de Gaviria, ni la de Belisario: la paz verdadera, esa que se manifiesta cuando la diferencia es virtud, y donde el diálogo se predica como un valor supremo.
   Colombia es un país que requiere transformaciones profundas y urgentes, este es un país agridulce, eso sí, un poco más agrio que dulce. Tal vez por eso da tanta tristeza ver a los líderes de esta nación empecinados en buscar la forma de caer más bajo para atentar contra sus rivales: llueven calumnias, tweets venenosos, acuden a mentiras para enlodar el nombre de sus rivales (aparentemente sin saber que al mismo tiempo están enlodando el propio).
   El gran debate nacional debería estar enfocado hacia las necesidades básicas insatisfechas que tienen millones de compatriotas, hacia  encontrar un modelo de desarrollo que pudiera armonizar el discurso del crecimiento económico y el de la justicia social, hacia encontrar por fin la senda que nos libere de los horrores de nuestro pasado. Pero no: acá el debate está en que Uribe es un paraco, en que Santos es un vende patrias amigo de las Farc, en que el congreso es una cañería untada de mermelada y en que las cortes deberían estar sesionando en el barrio rojo de Ámsterdam.
   No digo que la polarización sea mala, todo lo contrario, la democracia plena se basa en el derecho a disentir. Lo lamentable es que estemos usando la mal lengua, quien no la usa de puñal, la usa de fusil. Hay que cambiar: tenemos que afrontar los debates con altura, por supuesto que todos tenemos convicciones, pero el irrespeto y la intención de pasar por encima de nuestros contradictores no pueden ser sinónimos de firmeza. Una coyuntura que propone acaloradas discusiones nos ha alejado de los temas que son realmente esenciales. Un ejemplo: solo en un país que se ha embriagado con mezquindades es posible explicar que algo tan noble y primordial como la paz, haya auspiciado las más encendidas discusiones, y que algo tan oprobioso y ruin como la guerra, haya suscitado grades consensos.
   Me despido con una invitación. Todos hemos subido el tono, todos hemos sido violentos -incluso aquellos como yo que jamás empuñaríamos un fusil-. Es hora pues de dirigirnos a quien hayamos lastimado, mirarle a los ojos para así poder tejer un lazo afectivo que  sea transversal a todos nuestros corazones; un lazo que no distinga entre raza, genero, filiación política ni creencia religiosa; un lazo que sea capaz de soportar el peso de una nación que añora un indulto por sus pecados; un laso que no le deje siquiera un centímetro al fanatismo, al odio y a la violencia.


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