Si los colombianos
comprendiéramos realmente el poder que tienen las palabras, seguramente
seríamos mucho más responsables a la hora de escribirlas o de pronunciarlas.
Usar palabras que incitan a la violencia no es sino otra forma, más sutil pero
igual de peligrosa, de ser violentos. A eso se está reduciendo el debate
político nacional: a quién grita más duro, a quién es capaz de ser más vulgar e
hiriente en 140 caracteres, a quién dispara mejor sus insultos contra sus
adversarios.
“Fachos”, “mamertos”, “uribestias”, “narcosantistas”,
“asesinos”, “paracos” -gritan-. Y sí, lo tienen que gritar, porque precisamente
de eso se trata: de que la idea se imponga a punta de alaridos, que gane quien
ruja más duro, no quien tenga la razón. La auténtica ley de la selva.
Esta columna no pretende buscar culpables,
es más bien un mea culpa y un acto de contrición. Lo que si buscan estas
palabras es que aprendamos a reconocer como un igual a quien piensa y dice
diferente; busca que aún en los debates más álgidos, aquellos que tocan las fibras
más profundas, exista un lugar para la tolerancia; esta columna busca, en
últimas, poder alcanzar eso de lo que se ha hablado tanto (y se ha practicado
poco) en los últimos tiempos: la paz. Pero no la paz de Santos, ni la de Uribe,
ni la de Gaviria, ni la de Belisario: la paz verdadera, esa que se manifiesta
cuando la diferencia es virtud, y donde el diálogo se predica como un valor
supremo.
Colombia es un país que requiere
transformaciones profundas y urgentes, este es un país agridulce, eso sí, un poco
más agrio que dulce. Tal vez por eso da tanta tristeza ver a los líderes de
esta nación empecinados en buscar la forma de caer más bajo para atentar contra
sus rivales: llueven calumnias, tweets venenosos, acuden a mentiras para
enlodar el nombre de sus rivales (aparentemente sin saber que al mismo tiempo
están enlodando el propio).
El gran debate nacional debería estar
enfocado hacia las necesidades básicas insatisfechas que tienen millones de
compatriotas, hacia encontrar un modelo de desarrollo que pudiera
armonizar el discurso del crecimiento económico y el de la justicia social,
hacia encontrar por fin la senda que nos libere de los horrores de nuestro
pasado. Pero no: acá el debate está en que Uribe es un paraco, en que Santos es
un vende patrias amigo de las Farc, en que el congreso es una cañería untada de
mermelada y en que las cortes deberían estar sesionando en el barrio rojo de
Ámsterdam.
No digo que la polarización sea mala, todo
lo contrario, la democracia plena se basa en el derecho a disentir. Lo
lamentable es que estemos usando la mal lengua, quien no la usa de puñal, la
usa de fusil. Hay que cambiar: tenemos que afrontar los debates con altura, por
supuesto que todos tenemos convicciones, pero el irrespeto y la intención de
pasar por encima de nuestros contradictores no pueden ser sinónimos de firmeza.
Una coyuntura que propone acaloradas discusiones nos ha alejado de los temas
que son realmente esenciales. Un ejemplo: solo en un país que se ha embriagado
con mezquindades es posible explicar que algo tan noble y primordial como la
paz, haya auspiciado las más encendidas discusiones, y que algo tan oprobioso y
ruin como la guerra, haya suscitado grades consensos.
Me despido con una invitación. Todos hemos
subido el tono, todos hemos sido violentos -incluso aquellos como yo que jamás
empuñaríamos un fusil-. Es hora pues de dirigirnos a quien hayamos lastimado,
mirarle a los ojos para así poder tejer un lazo afectivo que sea
transversal a todos nuestros corazones; un lazo que no distinga entre raza,
genero, filiación política ni creencia religiosa; un lazo que sea capaz de
soportar el peso de una nación que añora un indulto por sus pecados; un laso
que no le deje siquiera un centímetro al fanatismo, al odio y a la violencia.

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