Si usted es uno de esos
jóvenes entusiastas que está aspirando a algún cargo de representación popular
para las elecciones locales de octubre y cree que su juventud es garantía
suficiente de cambio, honestidad y calidad, déjeme decirle que no solo está menospreciando
la inteligencia de su electorado si no que equiparaciones tan simplistas como
esa son muestra de lo perezoso y poco creativo que usted es como político.
Aunque sería injusto
decir que son todas, la mayoría de estas campañas caen en los lugares comunes
que han hecho de la política nacional un estereotipo fácil de predecir.
Sus imágenes oficiales son algo así: con un telón de fondo del
color del partido político que los avala, se ve a un/a joven vestido/a de jeans
y remangándose la camisa blanca que lleva puesta, en gesto de verraquera y
transparencia. Los de gusto más sobrio optan por dejar el fondo blanco e
indican el partido político por el que se candidatizan vistiendo un chaleco
tipo bomber del mismo color de su colectividad o posando junto algún/a
político/a reconocido/a de su partido.
Los eslogan de las
campañas invocan alguna frase vacía en donde apelan a su juventud como garantía
de que harán “una política distinta” (lo que sea que eso signifique), como
muestra de que representan un cambio (¿un cambio en términos de qué y frente a
qué?) o como señal de que ejercerán sus labores con honestidad.
Sus propuestas, que es en
donde se debería ver reflejado ese cambio que tanto dicen representar, no
muestran nada nuevo. Los pocos candidatos que sí las tienen disponibles dicen
querer trabajar por mejorar la seguridad de su localidad y de la ciudad,
convocar debates de control político, hacer rendiciones de cuentas, mejorar la
movilidad capitalina y algunos hablan de incentivar el uso de la bicicleta. El
diagnóstico es que muchos confunden propuestas con deberes legales (a ejercer
control político y a rendir cuentas están obligados por ley) y muchos más se
limitan a proponer lo que cualquier candidato, medianamente responsable, haría
en ejercicio de sus funciones públicas.
Una política “distinta”
se logra a través de propuestas innovadoras: ¿por qué no vincular a niñas y
niños o a habitantes de calle al proceso de formulación de sus propuestas? ¿Y
si quienes aspiran al Concejo proponen un sistema de rotación entre profesores
de colegios privados y públicos como manera complementaria de nivelar la brecha
de calidad docente que existe entre ambos sistemas? Se logra manejando una
estética provocadora que permita, por ejemplo, darle un nuevo significado a la
imagen/paradigma de “el político”: ¿por qué entonces todos portan el mismo
uniforme de camisa blanca? ¡Sean creativos y coherentes con la presentación de
su imagen de políticos distintos! A una política distinta se llega, también,
aproximándose a su electorado de maneras creativas: a nadie se le ha ocurrido,
por ejemplo, vincular artistas a sus campañas ¿por qué no pensar en maneras
inteligentes de usar el arte como vehículo de exposición de sus programas?
Si usted cree que su
campaña representa “un cambio” ¡muéstrenos en qué consiste! Usted debería ser
capaz de mostrar cuál es el valor agregado que representa como candidato, cómo
es que esto lo diferencia del resto de competidores y por qué usted, en razón
del valor agregado que dice tener, es un mejor candidato que el resto.
No sea tan chambón y no
pretenda que manejando una estética y un discurso exactamente igual al que
maneja cualquier político tradicional, haciendo campaña con megáfono en mano,
repartiendo volantes y visitando localidades a las que nunca antes había ido y
a las que quien sabe si volverá, nos vamos a creer el cuento de que usted,
únicamente por estar en sus veintitantos años, representa un cambio y va a
hacer una política distinta.
Por lo que pude rastrear, la mayoría de
ustedes, jóvenes candidatos, han estudiado en las mejores universidades del
país. Ustedes tienen las herramientas para pensar fuera del molde, así que no
sean perezosos, a poner en práctica todo lo que han aprendido. Lo de jóvenes no
los exime de ser responsables: o busquen la manera de ser consecuentes con lo
que dicen representar o no sean mentirosos y no digan ser el cambio cuando lo
que representan es continuidad. Creer que con una retórica vacía van a poder
convencer a un electorado de lo que no son, es, cuanto menos, un gesto de
arrogancia y cuanto más, una actitud mentirosa que riñe con esa honestidad que
tanto se ensañan en reivindicar. ¡Que ese ímpetu que los movió a lanzarse al
ruedo de la política sirva también para despertarles la chispa de la
creatividad y aplacarles el lastre de la pereza! ¡No más “Roys Barrera”
pubertos en nuestras instituciones públicas! ¡Que su sangre nueva sea sinónimo
de nuevas ideas y ahí sí, como dicen ustedes, de una política renovada!

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