“Todo orden es político y está basado en alguna forma de
exclusión. Siempre existen otras posibilidades que han sido reprimidas y que
pueden reactivarse”
Chantal Mouffe
El retorno de lo político.
Leyendo el informe de Alfredo Molano para la Comisión Histórica del Conflicto Armado
me encontré con una de esas frases que obligan a pensar: “la única solución es
hacer política”. Fue como si la frase cayera para alborotar la situación
actual. En medio de una fuerte crisis diplomática, de las elecciones regionales
y departamentales, y del desarrollo de una apretada agenda para la paz, lo
único que me podía preguntar era si todas esas acciones tenían que ver con
política. Sumado a las condiciones del entorno, este ejercicio escrito debía
tener el carácter de un análisis y no de una columna, sin embargo, por qué
perder la posibilidad de pensar en contravía de ese mandato que se me había
presentado, y de nuevo, me volvía a preguntar si este accionar que me empujaba
a escribir sobre el arrojo de esa frase tenía algo que ver con política.
Al vivir en un país como
el nuestro, pensar en política es sinónimo de una pérdida deliberada de tiempo.
La cuestión de lo político queda desplazada por las acciones cotidianas que,
para los ciudadanos del común, están lejos de las instituciones y de las formalidades
propias del “mundo político”; como si este grado de indiferencia fuese poco,
también es posible encontrar una serie de valoraciones que tildan al ejercicio
de la política como un trabajo mezquino en el que no hay que tener escrúpulos.
El clima que se respira en un país golpeado hasta la debacle es el del
desencanto de lo político. Hemos crecido en una generación que no ha tenido
rostro, que ha visto cómo los propósitos de una sociedad diferente han quedado
ensombrecidos por los deseos de una sociedad “segura y prospera”. Y es justo, en ese sentido, que vuelve a mi
cabeza la frase del texto de Molano, “la única solución es hacer política”,
pero ¿cómo jugar contra el desencanto que se ha materializado en indiferencia?
¿Aún podemos pensar que “la única solución es hacer política”? ¿La mezquindad
de la “clase” dirigente aún nos deja espacio, a esos otros, para “hacer
política”?
Y es justamente el estado
actual de las cosas el que nos otorga la posibilidad de pensar la
inevitabilidad de hacer política
sin quedar reducidos al ejercicio de esas clases mezquinas, que nos han vuelto
portadores del desencanto y actores de la indiferencia. Hacer política tiene que ver
con romper la idea, un tanto naturalizada, de que ésta es un bien heredado de
unos a otros, presidentes e hijos de presidentes, senadores que parecen bienes
inmuebles del parlamento, primos, sobrinos y herederos que reclaman por derecho
propio su estancia en los pasillos de las instituciones, que los ríos de votos
crean como mecanismo de representación. Romper esa idea tradicional tiene que
ver con ordenar las voluntades de quienes no tienen derechos adquiridos por
linaje y visibilizar la existencia de los sujetos que están tras los votos y la
representación, los otros que no tienen voz. Hacer política
tiene que ver con desmantelar el juego de la representación, y no hablo de
acabar con las instituciones, pero sí de expropiar a quienes han puesto sobre
las curules y los estamentos un letrero de ¡prohibido el paso, propiedad
privada! con el pretexto de representar al “pueblo”.
Hacer política en Colombia
tiene que ver con desprivatizar el Estado, es decir, devolver el ejercicio de
la decisión y la creación de las leyes y sus instituciones a los ciudadanos de
a pie, con organizar la conjunción de voluntades colectivas en pro de una idea
de comunidad que respete la diferencia. Hacer
política, como señala Chantal Mouffe inspirada en Carl Schmitt, tiene que
ver con no suprimir el antagonismo, con elevarlo, incluso al escenario de las
instituciones, para el desarrollo de un ejercicio serio y responsable en el que
no se soslaye la voluntad de ningún actor. Y hoy, en Colombia, tiene que ver
con hacerle frente a las formas tradicionales del quehacer político, de manera
que sea posible vibrar con la imaginación política, producto de una conjunción
de voluntades que le apunta a la construcción de otros poderes diferentes.
Evitar la política solo nos ha traído
desencanto y sinsabor, ha producido una distancia que hoy parece insalvable,
por ello se hace necesario que nuestra
voluntad nos lleve a crear una
política que piense el modelo de representación como un fracaso que debe
reinventarse; esto tiene que ver con repensar el escenario de la política tal y
como se ha configurado y arraigado en el país, para que las demandas de los
ciudadanos, sus modos de sentir y percibir, tengan voz y aporten a la
construcción de una comunidad política que no tema a los antagonismos y se dé a
la tarea de consolidar nuevas expresiones de la voluntad como formas de
construcción de poderes alternativos. Quizá eso sea lo que signifique construir
un país en paz.
¡Imaginar es la tarea
inevitable del hacer político!
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imagen:
| La inevitabilidad de hacer política: Chantal Mouffe |
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