Por Andrés
Clavijo Rangel* Hablar de política es un tema
que nos apasiona a todos, hasta a esos que se auto denominan
‘apolíticos’, porque son ellos los que más hablan de política, muchas veces sin
darse cuenta.
Todo es
política: en el trabajo, en el deporte, con los amigos, con la pareja,
etcétera. Cualquier situación en donde se presenten tensiones y luchas de poder
es política; las ganas de ascender en el trabajo, por encima de los demás,
persuadir a la pareja para ver una u otra película en el cine, o simplemente
“acomodarse” en el mejor equipo para el partido de futbol, son algunos ejemplos
de las tensiones de poder, que son política.
En Colombia,
la política se vive con intensidad en el día a día y más en épocas electorales.
Todos hablamos de política, hasta los que se jactan de ser apolíticos. Es algo
que se lleva en la sangre y en un país donde todos los días “pasa algo”, pues
es inevitable dejar de hacerlo.
Pero esa
capacidad de discusión y deliberación sobre temas políticos no puede quedarse
solo en el comentario de cafetería, ni en la crítica destructiva a la que tanto
estamos acostumbrados. Comentarios como “todos los políticos son ladrones”,
“eso siempre es lo mismo”, “para qué participamos si las decisiones las toman
otros”, son el pan de cada día en la opinión común de la gente.
Cuando
llega la época electoral el tema se complica, porque la política se convierte
en una mera transacción de intereses, ya sea por un trabajo o por una bolsa de
cemento, según el nivel social, pero lo claro es que no importa el nivel
académico o social para la decisión final del voto.
Lo que
menos nos importa es una propuesta, un proyecto de ciudad, país o departamento.
Aquí lo que verdaderamente importa y condiciona la decisión del voto es el que
me pueda ayudar a mí como individuo sin importar el cómo. Solo importan mi
beneficio y el de los míos.
La
política en su esencia no es el problema, es la corrupción dentro de la
política, que se deriva de los malos mandatos de políticos que al llegar al
poder solo buscan cómo recuperar ese dinero invertido en sus campañas, dejando
de lado el interés común y la solución de los problemas reales de sus
comunidades.
¿Qué
pasaría el día que la gente pensara más en el bien común y se apoyara
propuestas políticas diferentes a lo tradicional?
No se
necesitarían millones de pesos para asegurar la victoria en una campaña para un
cargo de elección popular y, que en vez de recibir un contrato o una empanada,
nos ofrecerían soluciones reales de desarrollo, encaminadas a superar los
problemas principales de nuestras comunidades, con herramientas eficaces de
acción y no solo retórica en un papel.
¿Qué
pasaría si los Congresistas, Ministros, Secretarios, Alcaldes, Gobernadores,
etcétera, fueran realmente gente preparada y técnica en cada una de sus áreas y
con intenciones reales de beneficiar a su país o región por encima del interés
personal?
Mientras sigamos ejerciendo las mismas prácticas
electorales nocivas para la sociedad, no tendremos el valor civil y moral para
pedir resultados a los políticos que nosotros mismos elegimos.
El
problema está detectado. No son la pobreza ni la guerrilla o la falta de
recursos; el problema está en la mente de cada uno de nosotros, que no
despertamos del letargo en el que estamos, mientras nuestras riquezas siguen
acabándose por una u otra causa y la sociedad en la que vivimos, en vez de
avanzar, retrocede o en el mejor de los casos sigue igual, lo cual es muy
triste para un país que lo tiene casi todo para estar a la vanguardia.
Y digo
casi todo porque adolecemos de conciencia, cultura política y el compromiso de
pensar en colectivo, dejando a un lado nuestros egoísmos y envidias
que tanto daño le hacen a este país.
*Cucuteño,
politólogo de la Universidad de Antioquia, especialista en opinión pública y
marketing político de la Universidad Javeriana, con varios años de experiencia
en el sector público y en trabajo territorial con administraciones locales y
comunidades. Interesado especialmente en los asuntos políticos y sociales
del país

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